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En un país decente

Columnista: Muldder Criollo

Es frustrante ver cómo países con menos recursos que el nuestro pueden progresar a todo nivel, y ofrecerle a sus ciudadanos una calidad de vida óptima, sin sacrificar la capacidad fiscal de la nación. La prósperidad de un país no necesariamente es proporcional a la cantidad de recursos que se tenga, sino al buen manejo de ellos.

En un país decente, los políticos condenados por corrupción estarían encerrados en la cárcel, inhabilitados para volver a ocupar un puesto público, y no disfrutando de condenas en hoteles pagados con nuestros impuestos, conservando los botines de los que se apoderaron de forma ilícita.

En un país decente, y con una despensa alimentaría como la tiene Colombia, nadie sufriría de hambre, no morirían niños por desnutrición y muy seguramente se evitarían enfermedades causadas por falta de alimentos.

En un país decente, los representantes de los ciudadanos trabajarían por mejorar las condiciones de vida de las personas y se esmerarían para disminuir las diferencias sociales.

En un país decente, los ciudadanos no tendrían que mendigar trabajo, vivienda, educación ni salud; todos éstos derechos serían garantizados y nadie tendría que recurrir a lo ilegal para sobrevivir.

En un país decente, nadie tendría que recurrir a tutelas para que el Estado le garantice sus derechos fundamentales.

En un país decente, se invertiría más en ciencia, desarrollo e innovación, que en armas y presupuesto para la guerra.

En un país decente, los impuestos serian justos, de acuerdo a las condiciones económicas de las personas, y se utilizarían de la mejor manera y con menos despilfarros.

En un país decente, los políticos trabajarían por y para los ciudadanos, recibirían un salario justo y proporcional a las labores realizadas, cumpliendo al pie de la letra sus labores, tal como cualquier trabajador.

En un país decente, las personas de avanzada edad, disfrutarían de su vejez sin preocupaciones, sin carencias, y con la tranquilidad de terminar sus vidas en Paz.

En un país decente, los infantes no tendrían necesidad de trabajar en los semáforos, pidiendo limosna o deambulando en las calles perdiéndose en las drogas. Los jóvenes estarían estudiando y aprendiendo lo necesario para ser adultos útiles para la sociedad.

En un país decente, el Estado velaría por el bienestar de todos y cada uno de los ciudadanos, enfocando sus esfuerzos en quienes más lo necesitan, poniendo a disponibilidad de todos las oportunidades que les permitan lograr sus proyectos de vida.

Si Colombia tuviese líderes comprometidos, correctos, pulcros, con valores y con un verdadero sentimiento de servicio, muy seguramente este sería un país decente, líder en la región, y hasta potencia económica mundial.

Hemos perdido muchas décadas alimentando los bolsillos de unas pocas familias, tristemente endiosados por algunos ciudadanos que los consideran seres de otro planeta. Aquí las cosas funcionan mal, este país se encuentra patas arriba.

Nuestros problemas son tan profundos, que no bastaría con un cambio de mentalidad. Nos hemos encargado de alimentar la inequidad, hemos sido cómplices de las injusticias, y aún peor, hemos callado en momentos donde debimos gritar, donde debimos explotar.

No es fácil llegar a ser un mejor país, se requiere de trabajo, empeño y compromiso de todos los involucrados.

Debemos hacer lo más difícil, Colombia, debemos comenzar.


Tomado de: www.laorejaroja.com

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